23 DE MARZO DE 1766

Comienza el Motín de Esquilache


Cuando se repite el asentado lugar común de que el rey Carlos III fue el mejor alcalde que ha tenido Madrid, se olvida a su ministro de Hacienda, Leopoldo di Gregorio, marqués de Esquilache, que, cuando retornó a su país natal se quejó diciendo que «yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras... merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me ha tratado tan indignamente». Había sido inspector de aduanas cuando el que llegaría a ser Carlos III de España era aún Carlos VII de Nápoles, iniciándose así una relación que duraría hasta la muerte del marqués, en 1785. Ya en España, el monarca lo puso primero al frente de la Hacienda real y luego a cargo de la Secretaría de Guerra. Pero no dejaba de ser un ministro extranjero, que suscitaba todas las desconfianzas en la nobleza local, que le era mayoritariamente hostil. Tampoco la Iglesia sentía especial simpatía por él desde el momento en que estableció un impuesto para los bienes en desuso del clero y, en definitiva, su sumisión al Estado. En cuanto al pueblo llano, que pasaba necesidades y veía aumentar los precios, el lujo de la corte lo enardecía. Todo eso se conjugó para que una de las numerosas medidas de control de la población, establecida con muy buen criterio por Esquilache, diese lugar a una rebelión de las capas más bajas, alentadas por la aristocracia que se veía postergada. Dicha medida consistía en la prohibición del uso del sombrero de ala ancha o chambergo y de las largas capas que eran corrientes en la época y se consideraban castizas, a pesar de haber sido introducidas apenas un siglo antes por los soldados flamencos del general Schömberg, durante la regencia de Mariana de Austria. Esquilache pretendía imponer el tricornio, que dejaba el rostro enteramente al descubierto, y la capa corta, que impedía ocultar armas. Unas cuarenta mil personas participaron en la revuelta, que se extendió más allá de Madrid. Ante los riesgos que aquello suponía para la corona, Esquilache tuvo que emprender el camino del exilio hacia Italia, desde donde reclamó su rehabilitación. Seis años más tarde, Carlos III lo nombró embajador en Venecia, puesto en el que permanecería hasta su muerte.


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1889  Comienza el juicio por el crimen de la calle Fuencarral, que apasionó a la opinión pública española.
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Pedro García Luaces

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